Si concebimos la esquizofrenia en los términos en los que la define Lacan, como la forclusión del Nombre del Padre, todos los intentos por equiparar el quehacer plástico del esquizofrénico con el arte moderno, caen.
Excluyendo casos singulares el sujeto esquizofrénico "medio" no es capaz de crear arte. El ojo del que ve en esos objetos arte, tendría que preguntarse a sí mismo cuál es su concepción del arte, y más que seguro, reformularla. Del mismo modo que el ojo que se enfrenta al arte actual, definiéndolo como fragmentario, disoluto, onírico, infantil, lúdico, vanidoso, sarcástico, pastiche, irónico, "la suspensión del tiempo fuera de la historia, la soledad, la desposesión de uno mismo y la noción de ‘blanco’; tantos espacios en blanco que reúnen en sí mismos la dualidad de lo lleno y lo vacío, la dicotomía entre su definición como punto de origen y como lugar de lo sublime frente al límite, el fin, el grado cero y la plenitud … dentro de una concepción posmoderna del mundo en la que el cuerpo se ha desfigurado a través de la fealdad hasta rallar en la monstruosidad …, en donde las relaciones personales se han revertido caóticas …, en donde las pautas temporales han desaparecido totalmente en beneficio de la espacialidad, horizontal y geométrica …, en donde el voyeurismo, la transgresión se han convertido en formas de vida …, en donde el pathos, el dolor de vivir controlan nuestro recorrido diario …, en donde lo grotesco, la melancolía, la nostalgia, la desaparición, el azar, lo aleatorio, la indeterminación, el onirismo, la alucinación, la idiotez, la locura o lo híbrido revelan el poder de los afectos y constituyen las condiciones de la creatividad. … [que] engendran visiones que reavivan una lucidez subversiva y crítica.” [1], debería asegurarse de que comprende con exactitud la vivencia esquizofrénica. “El arte del siglo XXI responde a lo que Christine Buci-Glucksman (2003) denomina ‘estética de lo efímero’, con su consecuente método de la valoración de la instantaneidad, y confirma las palabras de Jacques Lacan en su definición de esquizofrenia, reapropiada por Fredric Jameson para referirse al sentido de la cultura posmoderna. Jameson manifiesta que la crisis de la historicidad lleva asociada la sustitución de las fórmulas temporales por una lógica espacial. El sujeto ha perdido la capacidad de organizar de forma coherente su pasado y su futuro, por lo que la única opción que le queda es poner en funcionamiento un ‘cúmulo de fragmentos y una práctica azarosa de lo heterogéneo, fragmentario y aleatorio’ (Jameson, 1996: 46 y 47); el sujeto se ha sumergido en el terreno del olvido en el que se ha perdido ya la profundidad temporal.
La idea de esquizofrenia le sirve a Jameson, por tanto, como modelo estético para comprender la cultura posmoderna, por cuanto supone una ruptura enorme en la cadena expresiva, en la trabazón sintagmática de la serie de significantes que constituye una aserción o un significado: cuando la ‘relación queda rota, si se quiebra el vínculo de la cadena de significantes, se produce la esquizofrenia en la forma de una amalgama de significantes distintos y sin relación entre ellos’ (1996: 48). Por este motivo, la mente del esquizofrénico, incapaz de unificar el pasado, el presente y el futuro de la oración como el pasado, el presente y el futuro de la experiencia biográfica, queda reducida ‘a una expresión de puros significantes materiales o, en otras palabras, a una serie de presentes puros y sin conexión en el tiempo’ … Al desaparecer la memoria, constructora del pasado y del mundo, según Henri Bergson o Paul Ricoeur, únicamente permanece el instante dislocado, en el que ya no existen unas relaciones de causa-efecto, sino de simultaneidad (cfr. Gervasi, 2002: 316) … Si esa inconexión se traslada a la máquina del ordenador, a su memoria, la esquizofrenia se multiplica hasta el infinito.” [2]
El debate en torno a abstracción vs. figuración es antiguo en el campo de las artes pero es con los movimientos surgidos a finales del siglo XIX principios del XX cuando la discusión se centra en torno al objeto y la forma, su permanencia, fragmentación o disolución, y en cuanto al trasfondo ideológico y ético de la no figuración [3], o de la ruptura con los cánones de belleza de la tradición clásica. Resumidamente, en cuanto a forma y objeto, están aquéllos que entienden la abstracción en términos de esencia del objeto (i.e. Cézanne), o permanencia del objeto detrás de la abstracción (i.e. Picasso), y aquéllos que la entienden como emancipación del objeto (i.e. Mondrian). Desde el punto de vista filosófico o ideológico, las opiniones se dividen entre los que la consideran bien como un acercamiento bien como un repliegue del arte frente al discurso matemático-científico, y aquéllos que la ven como una expresión del nihilismo propio de los valores burgueses , dentro de lo que cabe incluir el recurso a lo grotesco, a lo feo, o a lo alegórico, al uso de materiales visuales de la cultura urbana (el pop-art) y al ready-made. También se entiende que una excepción dentro esto es lo propiamente decorativo-ornamental cuyo carácter es muchas veces intrínsecamente “abstracto”. En todo caso, dos de las características salientes de este tipo de manifestaciones artísticas, en la pintura, en la música, y en la literatura, que se señalan, son la ambigüedad y la inescrutabilidad [4].
Pero en el caso de la obra del esquizofrénico la ambigüedad y la inescrutabilidad vienen dadas por la ambigüedad-disolución de su mundo interno, amorfo, que es para él mismo inescrutable. La esquizofrenia no está en el arte, en el hipertexto, en ese cortar y recortar infinito a que nos induce el medio virtual, en la dislocación de los objetos en la obra [5]; reside potencialmente en último caso en la nouvelle incapacidad de hallar los elementos que distinguen arte y objeto esquizofrénico.
El esquizofrénico no acude al mundo externo ni tampoco a su mundo interno para crear. A diferencia del esquizofrénico el sujeto no esquizofrénico que pretende crear un objeto de arte, generalmente está plenamente habilitado para modificar su planteamiento, escoger los recursos, cambiar su lenguaje, actualizarlos, renunciar o aceptar un tipo u otro de parámetros para la ejecución. La fragmentación, el delirio aparente de su obra no implican que el artista haya quedado desconectado del flujo de la historia; que no logre establecer relaciones entre pasado y presente, la instantaneidad, el dolor al que asiste, el extrañamiento de sí mismo, se corresponden uno a uno con las características de la sociedad en la que su obra se produce. Captura lo real y la representación lograda es una metáfora de lo real. Por su parte el esquizofrénico está dislocado de sí mismo, y por tanto del tiempo, y de su cuerpo, y su objeto creado es un reflejo de esa dislocación íntima que le es propia. La suya es una compulsión por exteriorizar algo que está despedazado, hecho trizas, una raja que ha dejado un vacío existencial, pero no metafórico, sino real. Su realidad no es la nuestra sino un agujero por el que se coló la imposibilidad de estructurar su yo. Desde el punto de vista de la clínica estructural, el mecanismo que opera en la psicosis es la forclusión del nombre del padre. El deseo de la madre se mantiene como un real, en palabras de Lacan, que no ha sido reemplazado por la metáfora paterna, lo que significa que no hay un tercero en discordia ni por tanto principio de realidad. Un suceso sin sentido en la vida del sujeto no puede ser integrado en la cadena significante y procura un goce mortífero ante el cual el sujeto responde destruyendo o autodestruyéndose. La comunicación pierde su valor dialéctico. Hay rechazo de todo contacto. La metáfora paterna es sustituida por una metáfora delirante o por una suplencia (conductual) como modo de reunificación yoica. En la psicosis esquizofrénica el sujeto no sabe qué es lo que ha perdido; esto es sustraído a la conciencia. Todo se desarrolla en el plano de lo imaginario. Lo que no significa que la palabra esté ausente, porque el inconciente aun en el psicótico es estructura de lenguaje pero éste es una expresión de un sentido que es el de que está faltando el sentido.
En la esquizofrenia los síntomas se expresan en el cuerpo. No hay discurso propiamente dicho sino series sin sentido posible; no hay subjetividad implicada en las “recitaciones”.
La absoluta falta de sentido en la esquizofrenia está en sí misma simbolizando y denunciando en lo físico la absoluta falta de sentido del mensaje materno respecto de la Ley.
En la esquizofrenia se hace explícita la diferencia entre el sinsentido del goce sin ley (sin límites, sin interdicción, sin guía) que puede aparecer allí donde hay palabra dicha y en apariencia comprensible, y la posibilidad de transmitir un sentido directamente, sin mediación, es decir, en lo meramente físico, en lo que no puede ser ni dicho ni escrito. Desde el enfoque sistémico, en relación con la discriminación de lo literal y lo metafórico, concretamente en pacientes con esquizofrenia, se dice que “usan metáforas concretizándolas o el lenguaje literal metaforizándolo” lo que hace inviable lo dialéctico de su discurso lingüístico o representacional.
De manera que si bien puede parecer o resultar terapéutico el que el esquizofrénico se exprese a través del acto creativo, el resultado procede del sinsentido más total, de series sin sentido ni relación entre ellas, ni concientes ni inconcientes, sino de la metáfora delirante que se ha construido para obturar su falta o bien de su acto, aparentemente "creativo", que viene a suplir aquello de lo que carece. No puede ser confundido con el sinsentido aparente y generalmente conciente del arte del siglo XX o XXI por mucho que éste pueda ser una mera recopilación o ensamblaje incluso absurdo, pueril o insultante de formas, palabras, objetos, sonidos, imágenes, sin relación obvia o sin relación ninguna. Ni tampoco con los garabatos de los niños. En el sujeto que no padece esquizofrenia hay una disposición racional que procede de la misma estructura yoica. En la esquizofrenia hay una desestructuración de la imagen y de la percepción desde dentro del propio del cuerpo. Es esa misma desestructuración de la imagen y de la percepción la que nos habla desde el lienzo. Hay ausencia de límites en lo físico o por el contrario límites físicos imposibles de franquear donde en la realidad no los hay. Y si hay algo que distingue a la obra de arte del signo que sea es la existencia de límites aun cuando parezca que no los hay, aun cuando nos lance a la nada o al infinito. De acuerdo con Piaget, la capacidad para el procesamiento simbólico depende en gran medida del procesamiento perceptual. En el caso más extremo, la ausencia de procesamiento perceptual haría imposible un procesamiento simbólico efectivo. Y el arte requiere de un procesamiento perceptual efectivo. Es esto excatamente lo que se percibe que falta en la expresión plástica del esquizofrénico.
La aparente falta de límites, la disgregación de la imagen en el arte actual vista bien como una pose, como una impostura, como una racionalización, un acomodarse a las demandas del mercado, de la crítica o del público, o como la expresión auténtica de algo del mundo interno que se apropia de lo que se percibe del medio, cualquiera sea la interpretación que quiera o deba dársele, siempre hay detrás de la obra de arte un sujeto capaz de subjetividad. De no existir subjetividad estaríamos ante una esquizofrenia.
Hay hoy en día una confusión en la apreciación artística que denota que es la propia sociedad (y más concretamente el mercado del arte y todo lo que lo rodea, que es el que en mayor medida influye en cómo la sociedad se acerca al arte) la que ha perdido el rumbo. No todos los productos que se pretenden arte son arte. Pero no hay tantos ojos capaces de distinguir o establecer cuándo se está ante una obra de arte y cuándo no. En ello reside la confusión, la “esquizofrenia del arte de nuestro tiempo”, no de los productos en sí mismos ni de la forma en que se emplean las herramientas disponibles. Las imágenes mentales se crean a partir de la experiencia perceptual y ésta siempre se genera en la relación con los objetos (o sujetos) que se le presentan al sujeto en la mente o sobre los que la mente actúa, objetos que pueden ser a su vez representaciones mentales de otros objetos o de relaciones entre objetos. Lo “abstracto puro” que se asocia con las esencias o que se pretende que las trasciende tienen su origen en el mundo de los objetos. Una pintura de Rothko, o de Pollock, o de Kandinsky, puede no parecer figurativa, pero lo que sustancialmente la distingue del “arte figurativo” es la distancia entre el objeto, –o de los objetos, representados, íntegros o fragmentados, en su contexto natural o aislados–, y el ojo interior del artista, y/o la velocidad a la que se producen la observación y la representación (amén de la técnica empleada), es decir, del "zoom". Otra cosa es que se prescinda de los cánones de belleza clásicos. En sentido estricto, es posible decir que lo abstracto es lo que no admite representación porque no es aprehensible por los sentidos, y por consiguiente no puede ser conocido, y por tanto, en sentido estricto, no existe un arte abstracto. Porque lo que denominamos conceptos abstractos en sentido estricto tampoco lo son, como no sea porque se los designa así por convención. Nuestra mente no está nunca desligada del mundo de los objetos o simbólico-representacional. Lo que sí existe en cambio, es un arte ambiguo o no ambiguo, en el sentido de escrutable o inescrutable, y la ambigüedad o la opacidad vienen dadas porque no se explicitan las referencias contextuales de las que debe servirse el espectador, o porque se añaden referencias que remiten a "otros universos” y descolocan al espectador. De ese modo se conduce al espectador a un callejón sin salida semántica en cuanto a sus propias deducciones “lógicas”, respecto de lo que ve, lo que no obsta para que la suya sea una experiencia estética, más o menos legítima o interesante en función de la mayor o menor calidad de la misma. Para otros, el arte actual es una muestra de subjetividad radical y de un relativismo destructor cualidades ambas de las que no es capaz el esquizofrénico que no está en contacto con su subjetividad; y lo que puede parecer en su obra relativismo radical y destructor, es producto de la comunicación paradójica que le distingue.
Pongamos por caso el de Munch. La obra de Munch del periodo en que enferma, más que arte es expresión de su descomposición interior. En el caso de Van Gogh, hay momentos en que la enfermedad está a punto de destruirle y eso se refleja en su obra, aunque Van Gogh resiste. En Antonine Artaud ocurre otro tanto. Muchas de las obras que hoy se consideran arte y son expuestas puede que sean producto de sujetos que están al borde de la ruptura mental o que ya se han roto aunque no todos ni siempre seamos capaces de notarlo. Además, ¿por qué tomar inequívocamente como modelo al esquizofrénico cuando el modelo a veces se nos presenta más bien como psicopático? Si en la esquizofrenia se pierde la capacidad de comunicación, o ésta es paradójica, y el arte es comunicación, esquizofrenia y arte serían incompatibles.
Pero lo más importante es que a la hora de establecer una relación como suele hacerse, entre locura y arte, o entre locura y creatividad, hay que saber igualmente establecer el punto en el que una de las dos supera a la otra.
No se le hace ningún favor al sujeto esquizofrénico estimulándolo a pintar o a crear festejando gratuitamente su esfuerzo o el resultado de su esfuerzo por el solo hecho de que se empeñe en ello "dándole falsas esperanzas" [6]. Este arte-terapia debe ir acompañado por parte del terapeuta de una profunda capacitación para la apreciación estética, y de una visión clara de qué es lo que el sujeto está explicitando en su acción. El mejor premio al esfuerzo del paciente es que el terapeuta sepa decir eso que el paciente es incapaz de decir incluso en su obra.
En un artículo Thomas Fuchs dice: "(...) [es] innegable que las obras de estas personas desprenden a menudo una magia especial. El artista sabe cómo llevarnos –como observadores al menos– hasta el umbral de su extraño mundo vital y hacernos atisbar allí algo de la fragilidad de la existencia humana. Percibimos la lucha desesperada del enfermo por reconquistar su propia identidad y su antiguo orden perdidos. Una lucha agónica que el paciente esquizofrénico consigue transmitir en el mundo cerrado de una pintura mejor que en la vida real; de este modo, recupera mediante la creación pictórica, siquiera sea por un valioso momento, su libertad de acción.
Se evidencia, por ejemplo, en las pinturas de Josef Grebing (nació en 1879 y muerto posiblemente en 1940), poseedor de un saber enciclopédico. Su vida descarriló por la psicosis y se rompió finalmente en mil pedazos. Desesperado, el comerciante de Magdeburgo recogió los fragmentos restantes y los juntó, en la esperanza de que en las interminables listas, filas y calendarios que realizaba pudiera encerrarse el antiguo sentido perdido del mundo. Con ese objetivo, ordenó y sistematizó compulsivamente columnas de números y las embelleció artísticamente con símbolos y ornamentos. En estos sistemas, tablas y cálculos minuciosamente elaborados, se reconoce a menudo una lógica horadada, que opera, diríase, en paralelo a la normal; refleja aquélla a ésta como de si su espejo se tratara, pero sin encontrarse nunca ambas. En la lógica agujereada se producen también fracturas; el orden conduce al absurdo. En una hoja, llena de números en miniatura, Grebing tiene que tachar una cifra y el pulcro orden queda de golpe aniquilado. Entre sus calendarios seculares, se encuentra uno al que Grebing llamó "El calendario del verdugo y del asesino ladrón", con el que posiblemente quiso mostrar que, tras la seguridad del orden, le acechaba la muerte.
Grebing nos pone la quiebra del mundo ante los ojos, nos muestra la fractura de la estructura mental que nos lleva a cometer fallos de escritura. Sus creaciones, ‘obras de arte surgidas del error’, no fueron concebidas ni pensadas como tal, sino que las acabó realizando así, con esos errores, debido a la coacción que sobre él ejercía la amenaza externa de disolución y de muerte.
Como se manifiesta en estos ejemplos, la capacidad expresiva de los artistas en relación con ese impreciso impulso creador, es enorme. Los esquizofrénicos se encuentran anegados a menudo por imágenes interiores, exuberantes asociaciones e intensas impresiones externas. Nuestro lenguaje no encuentra, en la mayoría de las ocasiones expresiones adecuadas que permitan reflejarlas. En esta situación, la pintura abre a los enfermos un mundo ilimitado de posibilidades, donde poner orden y dar forma a sus opresivas e inefables experiencias. Pintar o dibujar significa tener la capacidad de convertir un bosquejo interno en una realización visible. El enfermo puede configurar más fácilmente el espacio del cuadro que la amenazante realidad externa. Dado que el esquizofrénico está condenado a la pasividad frente a sus experiencias psicóticas, la actividad pictórica le proporciona una experiencia de cómo "actuar en correspondencia". Al bosquejo interno le sigue la acción y un resultado visible; ello le ayuda a arraigarse de nuevo en la realidad.
(...) en el transcurso de su enfermedad, la pintura [me] posibilitó ‘comunicar algo a través del cuadro, en vez de permanecer aferrado como víctima en el centro de la enfermedad… en lugar de dirigir todos mis pensamientos hacia mi mismo, comencé a establecer relaciones con los otros’.
El paciente puede sentirse así sujeto activo y determinado en un espacio protegido y simbólico. Por eso, la pintura le sirve de contrapunto o de espejo en el cual consigue, a pesar de su desfiguración, reconocerse a sí mismo y también su mundo propio. Y, por último y no por ello no menos importante, la pintura le permite expresar lo que tan sólo con mucha dificultad puede transmitirse con palabras. El cuadro se transforma, pues, en una invitación para que los otros se comuniquen con él. Pues el mundo preverbal de las imágenes, los colores y las formas es común a todos nosotros y no necesita de ninguna gramática refinada.
Tras los cambios radicales que el concepto de arte ha experimentado en el siglo veinte, podemos aceptar sin ningún esfuerzo la excentricidad de tales obras, sin observarlas –ni tampoco a los artistas que las realizaron –bajo el prisma de la enfermedad. En estas extrañas y caprichosas estructuras defensivas, plasmadas en forma de pinturas, contra la insoportable experiencia de la existencia psicótica asoma algo de la tragedia del hombre situado ante los abismos del alma. Por esta razón, los cuadros representan un puente hacia el mundo de los enfermos, aún cuando a veces nos lleve mucho tiempo reconocerlo y atravesarlo". [7] No puedo estar más que en desacuerdo con Thomas Fuchs. Una obra de arte no resulta únicamente de que seamos capaces de hacer visible un bosquejo interno. Esto es solo una parte del proceso. Fuchs Fluctúa entre llamar artista al esquizofrénico o en llamarlo esquizofrénico a secas. Nada del arte del siglo XX, nada en absoluto, hace que podamos definir el trabajo de los esquizofrénicos como arte "no bajo el prisma de la enfermedad" más allá de que la enfermedad no sea imputable al sujeto sino a la sociedad “o al sistema” en su conjunto. Pero me estoy refiriendo al arte en mayúsculas (del siglo XX), mientras que Fuchs a mi modo de ver, no distingue entre lo que es arte y lo que no lo es. Desde esta perspectiva puede muy bien confundirse cualquier cosa que esté colgada en una pared o expuesta en una galería o en un museo con un objeto de arte. No es pues el arte del siglo XX, o XXI, ni los artistas, quienes han dado pie a que aceptemos como arte la "excentricidad" de la producción de un sujeto fragmentado, sino los ojos de quienes lo han mirado sin entender nada. El lenguaje de las formas, de los colores y de las imágenes no carece en lo más mínimo de una gramática refinada si continuamos moviéndonos en el mundo del arte. Fuera de él, cualquier cosa es arte. Me es indiferente que algunos artistas vean en el quehacer del esquizofrénico ya sea inspiración para su propio trabajo, o arte puro. Para Picasso Rousseau, el artista ingenuo, podía ser un maestro. Pero queda claro que fue en Rousseau, si no me equivoco, en el único en el que Picasso no se inspiró. Tampoco los artistas conceptuales o del absurdo realmente se inspiran en el arte del esquizofrénico: lo evalúan y hacen elaboraciones concientes a partir de esa evaluación. El proceso inverso casi no puede producirse: que el esquizofrénico tome como modelo un tipo de arte u otro para su inspiración, ya que difícilmente puede renunciar a su compulsión a expresarse de una manera y no de otra. El artista no es un ciego que maneja materia y forma sin importarle el producto final o las consecuencias socioculturales y afectivas e incluso materiales de su producto ni siquiera cuando recurre al medio virtual, al hipertetxo, a la pseudofusión de formas o imágenes desconectadas que a veces no dicen nada. Como he dicho más arriba, el lenguaje del esquizofrénico no carece de sentido pero ese sentido es el de que no existe para él ningún sentido. Que logre dar forma a algo empleando las herramientas del escritor, del músico o del artista plástico, puede ser en sí terapéutico, como alude Fuchs, y puede que con ello el paciente recupere, dependiendo del caso, la capacidad para ensamblar algo de su mundo interno que alumbre dentro de sí un significado. Ése sería el caso de Grebing, que no por nada, era hombre de negocios y un "enciclopedista". No todos los esquizofrénicos son enciclopedistas ni llegan jamás a ser hombres de negocios. Ni todas las obras de Grebing reflejan el mismo grado de estructuración interna [8]. Es más que probable que éste como otros casos sean excepciones, y puede que todas esas excepciones tengan en común el que la ruptura del sujeto se produce tardíamente después de haber llevado una vida social normal o intelectual y afectiva sensiblemente superior a la media, o con idas y venidas de una cierta normalidad a la enfermedad sobre la base de una sensibilidad especial, o de un trasfondo cultural e intelectual alto. Pero en ningún caso, el que estos sujetos sean capaces de crear objetos de arte se debe a su esquizofrenia sino a que seguramente son artistas que padecen esquizofrenia y luchan contra ella. No todo grafitero por ser grafitero es artista. Más bien hay artistas que se expresan artísticamente a través de sus grafitis como técnica.
simbióticas