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Banalidad del mal

Viernes 1 de julio de 2005, por Chema

Arendt captó claramente algo en Eichmann en Jerusalén. Es posible verlo emerger de los (demasiado pocos) pasajes en los que analiza las actitudes del pueblo alemán. La “abrumadora mayoría” observa, creía en Hitler, y “es evidente que no le importaba en absoluto” el destino de sus vecinos judíos. “El problema de Eichmann”, escribe Arendt en su epílogo, “fue precisamente que había muchos como él, y que esos muchos no eran pervertidos ni sádicos; que eran, y siguen siendo, terrible y aterradoramente normales”. Aquí llega al fondo de la cuestión... ”la banalidad del mal” (Michael Massing, El País, 19.12.04)

Se juega en el tiempo. En el tiempo concreto que nos pasa sin darnos cuenta qué nos pasa. En ese tiempo acelerado, ya no digo ocupado, disparado hacia objetivos que nunca alcanzan un fin determinado ya que detrás del último se esconde el siguiente. Es el tiempo lanzado contra la vida, la concreta, la de cada uno, sin atenerse a una parada, a un silencio, a una duda con que trazar perímetro, el del tiempo que es vida. Se requiere de sangre fría para detenerse y examinar con cuidado la imagen que ha provocado el colapso. Es la instantánea que bloquea con su búsqueda de sentido y que requiere la condensación, una parada, tiempo de su construirse y hacerse y todo ello frente a la vertiginosidad, la novedad, al hacer y deshacer que no da tiempo a reconocerse a sí mismo y que está configurado precisamente de y en el tiempo, de ése concreto que me hace vida.

Me recuerdo, hace no muchos años, indignado por noticias e imágenes que llegaban de EE.UU. en las que se mostraban las barreras y controles del Río Grande: cámaras y agentes en todoterrenos vigilando metro a metro un desierto que separa riqueza, un sueño, y pobreza, realidad. Ahora la línea es agua de un ancho estrecho, y los muros y cámaras están aquí abajo a mis pies, en el sur. La imagen del Río Grande es ya nuestra. Y ha ocurrido sin ningún pudor, sin ninguna rebeldía. Parece que la alerta ante la injusticia y la pobreza se desnutre con la comodidad en la vida. Parece que la libertad de entonces es también ahora una palabra que se puede vender.

Tristeza ante la visión de las mil veces repetidas imágenes de los crímenes nazis. Ver morir a la gente, como yo hubiera probablemente muerto, en calles de centroeuropa; ver como son ordenados en filas, deprisa, aprisa, siempre vigilados, amontonados vivos en camiones y trenes para descargarlos casi muertos y finalmente rematarlos en una factoría. Imágenes en blanco y negro con sesenta años que aún emocionan como me conmocionaron la primera vez que las vi. Pero esta tristeza ante la visión de lo terrible del pasado se transforma en perplejidad ante lo obvio: ¿qué me emociona hoy?, ¿qué me conmueve de forma similar? ¿qué está sucediendo en este momento, en mi mundo, en mi presente que merece la misma tensión? Al no encontrar nada hago el compromiso de la obediencia debida: yo sólo recibía órdenes y las cumplía, yo no sabia nada y tan sólo alguna vez oí contar a alguien que...

Un día quizá la historia me juzgará por aceptar sin mas la banalidad de ser instantáneo en la comunicación y estar diferidos, siendo casi ciego, con la injusticia. Pasará cuentas por mi silencio. ¿Se puede hacer algo (qué hacer: la pregunta revolucionaria) sin ponerse uno en peligro, sin mover la ficha en que va la vida, sin jugarse uno la seguridad, sin definirse de forma clara no tan sólo con la palabra sino con la acción comprometida del día a día?.. No se da mayor engaño para uno y engaño para los demás que la mala conciencia intentando purgarse a sí misma: la falsedad de lo retórico, un juego de palabras que a lo más alejado que me llevan es, sin moverme de mi sitio, al vuelo sobre un atlas de pensamientos tan sólo imaginados como posibilidad. Un simple juego esteticista que tan sólo señala pero que no deja ni quiere en el fondo que cambien las cosas.

Mientras, lo aterradoramente normal va estrechando las paredes entre las que me han encajado y me he dejado aprisionar la vida, esa concreta que me pasa y casi siempre se escapa. Aterradoramente normal es que mi tiempo de trabajo sea un equivalente a una cifra de producción y mi tiempo de vida como ocio una cantidad de gasto. Aterradoramente normal es pasear por la calle y oír que casi todas las conversaciones capturadas azarosamente en algún momento cifran algo en dinero. Aterradoramente normal es recibir noticias en medios homologados y uniformes que no hacen más que decir lo mismo con otras palabras e impresionar con imágenes que no dicen nada y sólo sobresaltan. Aterradoramente normal es asumir la vida como un objetivo que ha de cumplirse. Aterradoramente normal es vivir como una cápsula de preocupaciones que sólo sale al exterior para autosatisfacer necesidades. Aterradoramente normal es el exceso de abundancia que se refleja en el exceso de deshechos que transforman el problema de lo que sobra en ganancia de lo que se recicla. Aterradoramente normal es utilizarnos como medios y no como fines. Aterradoramente normal es callar cuando hay que gritar. Aterradoramente normal es “lo correcto”. Aterradoramente normal es la democracia estática y ritualizada. Aterradoramente normal es que tanta vida se soporte con pastillas. Aterradoramente normal es huir del silencio que nos deja a solas. Aterradoramente normal es vivir como si no fuéramos a morir.

Quizá sólo queda hacer gestos: todo ha sido absorbido en lo uno, el capital y ya no hay política sino gestión de recursos. Gestos como acciones sin mayor sentido que el que se despliega en su propio hacerse y que se dota de resistencia al diferenciar sin sentido, ya que hoy cualquier intención como novedad, la protesta incluida, es reabsorbida por la realidad y normalizada como producto propio de lo obvio, de lo normal, de lo correcto. Gestos como algo próximo a contextos de creación, arte, intimidad y su experiencia. Sobre ella, la intimidad, cargamos la experiencia, añadiendo el texto de lo vivido como texto vivo. La vida como instante que se despliega y pliega constantemente. El envite está en el tiempo. No hay mayor apuesta.

Creo recordar que fue la misma H. Arendt quien dijo que el presente no es más complejo ni problemático que el pasado, lo único que ocurre es que nos exige tomar decisiones, actuar.

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