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Ecología de la cultura y algún símil gastronómico: por un sabotaje desde dentro

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Miércoles 8 de agosto de 2007, por José Ramón I. Alba @culturpunk

Nuestra cultura en estos momentos está prácticamente abducida por todo lo que se genera a través del espectáculo, desde los productos listos para el consumo y las tristes ceremonias que reúnen a una caterva lamentable de personajes hasta las pretenciosas exhibiciones de unos modelos de civilización sin más objetivos que la representación de la fachada. Contaminación cultural en el más puro sentido ecológico Nuestro papel como ciudadanos se reduce, en demasiadas ocasiones a consumir, más o menos pacientemente, lo que se nos ofrece desde los medios de manipulación de masas como si de una especie de comida preparada se tratase, ingerimos toxinas culturales tal y como ingerimos toxinas alimenticias. Nuestras emociones y valores están monopolizados y tutelados por unas organizaciones culturales cada vez más complejas y por unas industrias que diseñan a la perfección nuestros comportamientos y necesidades. Nos estamos convirtiendo en una cultura narcotizada por la “gente guapa” mientras todo el entramado manipulador de las llamadas industrias culturales (dónde está la responsabilidad política de atenuar estos atropellos) se apodera de la imaginación en pos de un consumo fácil y rápido de escaparatismo cultural. Comida basura, cultura basura. Y todo está de tal manera bien montado que decir esto es exagerar, atentar, desestabilizar el sistema. Pues muy bien, desestabilicemos el sistema. Hemos sido reclutados para unos comportamientos determinados desde unas normas que no nos han oprimido: ha sido una estrategia extraordinariamente buena porque encima nos han vendido la libertad. Además cada vez hay mayor connivencia con los grandes patrocinadores y la administración pública ha caído en una especie de pesebrismo desde el que no se puede levantar la voz contra el que paga. Si en los estados totalitarios no se puede lanzar queja contra el gobierno, hacerlo hoy contra los grandes “mecenas”, contra los que costean grandes eventos, exposiciones, festivales varios...es, como poco, una imprudencia. Nos cortan el grifo.

«Una acumulación sin fin de espectáculos - avisos, entretenimientos, tráfico, rascacielos, campañas políticas, tiendas por departamentos, eventos deportivos, reportajes de noticias, tours de arte, guerras extranjeras, lanzamientos especiales - estos hacen un mundo moderno, un mundo en el cual toda la comunicación sigue en una dirección, del poderoso al que no tiene poder... El espectáculo naturalmente produce espectadores, no actores: hombre y mujeres modernos, ciudadanos de la más avanzada sociedad sobre la tierra, que están encantados de ver cualquier cosa que les ofrezcan para ver... Guy Debord»

Por eso mismo, si hace tiempo que hemos tomado conciencia de la verdadera necesidad de uno control ecológico para el sostenimiento de nuestras vidas es posible que sea conveniente también que nos concienciemos sobre la importancia del medio cultural para las mismas. La salud física y la salud intelectual. Concienciarnos de las graves consecuencias de esta homogeneización cultural a la que estamos abocados. Tener claro que la diversidad de pensamiento, de costumbres, de criterios, de modos de entender el mundo es tan importante para la supervivencia como la biodiversidad. La culturdiversidad. Si de la necesidad de una conciencia ecológica nos hemos dado cuenta, de la necesidad de una conciencia cultural, no. Estamos atontados ante un ataque eficaz: infotoxinas contra el conocimiento. Y por ello tendremos que arrancar una auténtica ecología de la cultura que controle, recicle y reduzca los residuos “culturales” que con total impunidad se van lanzando a esta ecosfera cultural. Si la salud de nuestro cuerpo depende de lo que ingerimos y en qué entorno físico nos movemos, nuestra salud intelectual depende de lo que entre por nuestro cerebro.

Este camino que se orienta hacia la perspectiva de la ecología y la gastronomía de la cultura nos obliga a adoptar nuevas estrategias que impulsen una verdadera sostenibilidad en los procesos culturales. Para ello me parece necesario, como principio y para poder avanzar, abandonar viejas teorías. Deleitémonos con la muerte de nuestros paradigmas. Enterremos ciertos lastres mesiánicos, cierta prepotencia que parece haber invado los despachos, abortemos la deidad que hemos otorgado a determinados artistas y, sobre todo, abandonemos la sumisión y levantemos de nuevo la cabeza, desprendámonos de complejos... abordemos nuevos modelos de pensamiento. Quizá esta metáfora que nos acerca al activismo ecológico pueda servirnos. Cómo podemos conseguir que los ciudadanos se preocupen por su cultura, que recuperen el protagonismo y puedan ellos mismos decidir, que se preocupen por los productos que les invaden el cerebro tal y como se preocupan mientras leen las fecha de caducidad de los alimentos, o cierran los grifos del agua, o evitan productos tóxicos... ¿Se han dado cuenta de que las grandes empresas, las que más contaminan, las más perniciosas, las que más atentan contra el medio ambiente (constructoras, hidrocarburos, automovilísticas, armamentísticas...) son las que más invierten en campañas asegurando su preocupación por la sostenibilidad y la conservación del medio?. ¿Se han dado cuenta de que las empresas de comida basura son las que más invierten en proclamarse las más responsables y más preocupadas por la salud de los consumidores? Las grandes industrias del espectáculo han hecho lo mismo y han conseguido que se les denomine industrias culturales. Para cuando una Organización de Consumidores y Usuarios, una OCU de la Cultura, que se preocupe de los productos culturales, que investigue sobre su composición y que denuncie la utilización de componentes “no autorizados”... En definitiva: hemos delegado nuestro bienestar cultural, lo hemos dejado en manos de empresas con elevados ánimos de lucro y ausencia total de escrúpulos. Y lo hemos hecho sin intermediar ningún mecanismo de control.

Mientras tanto quienes nos dedicamos a este “negocio” de la cultura hemos perdido una gran batalla: ha desaparecido el ciudadano critico y la cultura le tiene sin cuidado, la consume -cuando lo hace- sin precaución porque no la considera un bien en sí misma, porque no ve en la contaminación de la ecosfera cultural ningún peligro. No considera que le afecte. No les hemos enseñado a cocinar su propia cultura (Otra obsesión mía: ¿cómo pueden llamar menú al conjunto de palomitas y refresco que venden a la entrada de los cines? Impresionante.) O aprendemos a cocinar o sólo comeremos macdonales

En este sentido se puede decir que la cultura no es mostrar creaciones a los ciudadanos sino conseguir que ellos mismos se conviertan en creadores (educar para cultivarse, educar para alimentarse). Sin embargo, la cultura ya no la crea el ciudadano de abajo a arriba (el ciudadano ya no cocina, come siempre fuera de casa). Y desde las administraciones públicas hemos confundido el camino. Nos hemos apropiado de determinados sistemas de distribución y hemos convertido nuestras “políticas” en expendedurías de espectáculo, le hemos usurpado a la ciudadanía el derecho al protagonismo. Las hemos convertido en grandes centros de fast food cultural -a modo de autoservicio barato: coma cuanto quiera por seis euros- sin ningún sentido proyectivo. Hemos conseguido crear un modelo de ciudadano que lo máximo que hace es “exigir” a la administración que programe, exigir que nos ofrezca un menú. En definitiva: hemos anulado la ciudadanía cultural.

Eso por la parte pública, porque por otra nos encontramos con la lamentable explotación comercial e industrial que no hace sino reducirla a un mero objeto de consumo, más o menos elitista según el desembolso exigido y bien protegida por los denominados derechos de autor.

Este ciudadano ha pasado tanto tiempo recibiendo que ha caído en una especie de narcolepsia de la que ahora le es muy difícil despertar. Consumado ese aturdimiento no hay sitio mas que para caer en la trampa del estado metademocrático, un estado que nos supone felices mientras lo arbitrario nos lo han introducido como necesario, mientras se nos administra una especie de soma huxleyano y se nos vende rebeldía. ¿No es una verdadera tomadura de pelo que nos vendan como paradigma de libertad lo que puedes hacer dentro, insisto en dentro ya que son espacios cerrados y con un dirigismo bestial, de un parque temático? ¿No es una verdadera tomadura de pelo que nos vendan como paradigma de cultura -cultura de masas, dicen- a la televisión?

Lo cierto es que hoy estamos subordinados a la palabra mágica: cultura. Y cada vez más suena a palabra hueca

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3 mensajes

  • Ecología de la cultura y algún símil gastronómico: por un sabotaje desde dentro

    29 de julio de 2010 06:28, por Gisello Fortunato Vila Zorogastua

    Mi estimado es importante no perder la identidad de un lugar , sobre todo como lo mecionas , que se esta mercantilizando lo publico en todas sus facetas , es importante tener claro las disposiciones legales con todo un contenido de las prexistencias de lo cultural y tener claro cual es el comcepto de lo publico para que no se pierde esa identidad que hoy en dia se viene viendo no solo en vuestro medio sino que ha llegado a otros medios del territorio de otros paises no solo de europa sino de latinoamerica. felicitaciones por la preocupacion e intencion de propuestas para tener en consideracion en nuestros medios territoriales de nuestra ciudad.
    gracias
    Arq. Gisello Vila Zorogastua.

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  • Casualmente al respecto he leído el Libro Verde de Gadafhi... La cultura en los países árabes es de puertas adentro, o participativa. Pero no es eso lo que queremos. Que alguien pueda tocar música solo dentro de una casa... No queremos censura ni que nos digan cómo debemos hacerlo aunque la "libertad" hoy en día es un concepto confuso. ¿Qué opciones quedan? Las describes muy bien en tu artículo: quizás no haya opciones. La democratización de la cultura, la industria del espectáculo y la perfidia de la presunta "opinión pública" son las que regentan lo que comemos. Mientras no haya desde el vamos una educación para la cultura en las familias y en las escuelas, no podremos hacer nada. Son los niños los más expuestos y luego de grandes tienen mono de más basura. Las cifras cantan.

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  • Querido José Ramón, no se puede decir más claro que como tú lo has contado.
    Estos son los pasos previos a la perfecta vida de La Granja. Sólo históricamente ahora se podría intentar la lucha. Mañana será seguro tarde.

    Besos abrazos y calor

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