Observo con estupor la decadencia de la Iglesia Católica. Hay signos de la misma por todo: la decrepitud física del Sumo Pontífice, las “desviaciones” pederastas de algunos clérigos, la ausencia de vocaciones, la deserción creciente de la misa dominical... Antes los jerarcas eclesiásticos llamaban a los grandes artistas para decorar los templos, ahora embadurnan las catedrales frescos kitsch de aprendices de pintor, eso sí en permanente y directo contacto con la inspiración divina. El caso de Kiko Argüello y sus pastiches de la Almudena es más que revelador. Sus frescos son una especie de Retrato de Dorian Gray que reflejan la inexorable descomposición de la Institución a la que sirve. La Jerarquía eclesiástica, que hace tiempo que perdió la pulsión Ética, está perdiendo definitivamente la Estética. Julio II era un papa guerrero, un cristiano de conducta difícilmente evangélica, pero actuaba como mecenas inteligente con un acertado criterio estético. Al menos en las artes, la Iglesia del Renacimiento y Barroco estaba en sintonía con la vanguardia de la sociedad. Los pastiches del fundador del Camino Neocatecumenal prueban lo contrario; son una muestra de la deriva reaccionaria que en casi todos los ámbitos ha emprendido la Iglesia con Juan Pablo II. Neocatecumenales, Renovación Carismática, Foucolari, Comunione e Liberazione, Opus Dei, Legionarios de Cristo, etc. han sustituido a los Jesuitas -demasiado progresistas para el Vaticano- como “brazo armado” del Papado. Propugnan un cristianismo espiritualista, esencialista, desvinculado de los problemas y conflictos de la sociedad contemporánea. Todo lo que salga de ese angosto redil espiritual, del sagrado ámbito individual o familiar es tachado de “política” y no contribuye a construir el Reino de Dios. Esa renuncia a los asuntos del “siglo” supone, de facto, un refrendo al statu quo más tradicional y a las opciones consideradas como “correctas” (las de la derecha). Lo que cuestione abiertamente el establishment tradicional automáticamente es descalificado porque supone “meterse en política”, pero eso no impide que destacados miembros de los Legionarios de Cristo o el Opus Dei se integren como ministros en el Gobierno de Aznar o similares. El Vaticano usa, pues, un doble rasero amonestando a los “desviados políticos” (Ernesto Cardenal, Leonardo Boff o los sacerdotes de la Teología de la Liberación) y refrendando tácitamente a los que participan en “Ejecutivos democristianos”. Es una inconsecuencia flagrante, pero tiene su explicación. De la misma manera que la “corona mistérica” de Argüello queda refrendada artísticamente por estar realizada en estado de iluminación divina (una actitud mística asumida por los pintores de iconos), también los políticos alumbrados por la Verdad pueden gobernar al mundo por la Recta Vía. Los resultados están ahí y el “iluminado” protestante Bush está contribuyendo como nadie a la llegada del Apocalipsis.
Analizo ahora otro signo no menos inquietante de esa decadencia eclesiástica, en este caso perceptible a través de los oídos. Mientras en España se va extendiendo un clima político y mediático de consenso y tolerancia, avalado por Rodríguez Zapatero y el propio Rajoy, la emisora radiofónica vinculada a la Conferencia Episcopal se encastilla en una posición intransigente, dogmática, descalificadora e intolerante. El principal adalid de esta cruzada más próxima a la ultraderecha que al liberalismo del que se reclama, es el responsable del programa de la mañana, que de cristiano sólo tiene su apellido. El perfume ético que desprende Jiménez Losantos, permanentemente enfadado, pagado de sus incuestionables puntos de vista visionarios, está a todas luces en las antípodas de la Buena Noticia de paz, fraternidad y comprensión que predicaba Jesús de Nazaret. Desaparecidas, a Cafarel gracias, las adoctrinantes tertulias de R.N.E., el buque insignia de la COPE ha quedado como catalizador hertziano de todas las posturas derechistas y/o ultramontanas del país. No quiero cuestionar con esto la existencia de estos posicionamientos, necesarios incluso para la isostasia de un panorama mediático nada neutral; simplemente me llama la atención que la casa radiofónica de esta Iglesia que rechaza “meterse en política” se convierta en plataforma de la derecha y cantera de sus candidatos (Luis Herrero se presenta en las listas del PP a las elecciones europeas).
Y es que el mundo parece haberse vuelto loco. Los agnósticos socialistas se apropian de valores presentes en el Evangelio en tanto la Iglesia, de facto (“por sus obras los conoceréis”), se empecina en condenar a las parejas homosexuales, los cristianos comprometidos con las injusticias o las mujeres que quieren administrar los sacramentos. Mientras Flower Power Zapatero proclama el buen rollito universal, la radio eclesiástica desprende adrenalina y mal fario. ¿No será que -así lo representaba en mi imaginación infantil cuando me leían el Evangelio los Padres Escolapios- los villanos del sagrado relato (fariseos y saduceos) sean buena parte de los representantes jerárquicos de la Iglesia? ¿Por qué si no desatan su ira cuando pierden las cuotas de poder a las que no tienen derecho en una sociedad laica? ¿Por qué si no se ponen tan nerviosos cuando alguien defiende la radicalidad evangélica contra los poderosos en el seno de la Iglesia? Existe otra ecclesia (asamblea) muda, abnegada y solidaria que trabaja, sobre todo en el Tercer Mundo, por la justicia y padece junto a los oprimidos; pero aquélla está viva y no se ve reflejada en los cromos misticoides de Kiko Dorian Gray.
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