Robert Kramer
Es el momento de preguntarse por los peores temores de Pierre Bourdieu: ¿ha llegado a ser la televisión ese extraordinario instrumento de democracia directa que él defendía o la masiva arma de opresión simbólica contra la que siempre nos advirtió?
I. Información Neutra, Conocimiento Cero.
A la hora de analizar el discurso televisivo pisaremos enseguida los talones de González Requena, que nos propone considerar la programación como un texto donde los programas suponen las unidades de significado. En ese marco, pronto comprenderemos que no hace falta remontarse a Saussure ni ponerse estructuralistas para sospechar que la televisión en el cambio de siglo no es un medio de comunicación.
Por un lado, consideremos el mensaje. Cualquier productor o jefe de programación admitirá que la programación televisiva es una emisión continua formada por fragmentos, un puzzle permanentemente inconcluso de programas que continúan otro día, espacios de carácter fático, etcétera. En el contexto de la comunicación esto supone un conflicto de primer orden. Para transmitir información el mensaje ha de tener un final, siendo esto independiente del grado de conclusión (así como un principio in media res es un principio, un final abierto es un final). Un mensaje que nunca cesa acabará necesariamente incorporándolo todo. Y cuando se dice todo no se está diciendo nada, porque la misma frase incluye los contrarios. La composición de un mensaje supone un proceso ineludible de selección: elegir entre todo lo que es posible decir, escoger entre todas las formas de expresarlo. Un canal o productora televisiva autodenominados “generalistas”, que producen programas de todo tipo para todo el mundo, están declarando así su inocuidad comunicativa. Quizás entretienen a sus espectadores, pero comunicativamente les estafan tiempo de vida, que no es infinito (al contrario que la programación).
Ahora consideremos el receptor. En un acto de comunicación, el receptor es un elemento activo. De manera general caracterizamos su acción como feedback, una respuesta que puede modificar las coordenadas del emisor (entre ellas el mensaje), hasta el punto de llegar a trocarse uno por otro, invirtiendo así la dirección del acto comunicativo. Nada que ver con las llamadas telefónicas a concursos patrocinados por detergentes o el envío de mensajes por móvil para votar (¡las perversiones del lenguaje!) bisutería en circos de karaoke. ¿Podemos llamar “interacción” a estos ejemplos? El discurso televisivo está blindado al receptor, que no tiene opción de poner a prueba, pedir confirmación, contestar... Pero sobretodo, le ha sido hurtada la facultad transformadora. ¿Qué sucede con ella? ¿Quizás se disipa? Para nada: como si de una energía se tratara, el potencial escamoteado se actualiza en provecho del discurso televisivo, redirigido hacia un tercer elemento: el contexto. Esta pirueta es posible gracias a aquel poder natural de la imagen en cuyo control está la razón de todo, por lo que merece observarse con más detalle.
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